miércoles, 9 de septiembre de 2015

Una ciudad in-munda

Fuente: Eltiempo.com


Suena duro calificar así el lugar en el que habitamos millones de personas, pero vale la pena ahondar en el sentido profundo de una palabra con raíces etimológicas que a lo mejor nos ayuden a pensar el futuro.

El griego clásico denominaba los conceptos y las cosas en forma perfectiva, y lo mismo hicieron los romanos. En su metafísica, Aristóteles nos dice que todo ser es bello, único, bueno y verdadero. Los griegos denominaban el universo y las cosas bellas ‘kosmein’, de donde provienen los vocablos ‘cosmos’ y ‘cosmética’. El término en latín es ‘mundus’, que da origen a la palabra ‘mundo’, y, por supuesto, in-mundo, que significa sin belleza, sin limpieza, algo contrario al deber ser.

La sensación de incomodidad que se percibe entre los habitantes de Bogotá tiene mucho que ver con la lejanía cada vez mayor de ser parte de una ciudad como la que unos años atrás comenzaba a vislumbrarse posible. Las encuestas dan testimonio de la mala imagen que tenemos de la seguridad, el transporte público, la malla vial, la impotencia de la autoridad para gobernar con amabilidad y sensatez, el aseo, la transparencia...

Richard Sennett, en un magnífico libro titulado Carne y piedra, muestra cómo las grandes ciudades se hicieron a imagen del ser humano que les dio origen. Atenas, Roma, Venecia, París, Londres, de algún modo representan lo que las sociedades pensaban de sí mismas y así surgen el Ágora, el Pantheon, el Gueto, las grandes vías, los parques que suscitan modos de vivir, relacionarse y desarrollar un sentido de pertenencia respetuoso de la historia que aflora en cada rincón como una evocación de valores ciudadanos.

Si este sociólogo paseara hoy por nuestra ciudad, encontraría el rastro de una sociedad que no se quiere, que tiene una horrible vocación de suciedad y destrucción sistemática de su patrimonio. No hay una pared limpia en el centro histórico, ni una señal de tránsito que no esté vandalizada, cualquier espacio es bueno para ser manchado con grafismos cuyo sentido pareciera un perpetuo acto de defecación sobre las viviendas, los comercios, los edificios públicos, las universidades, los colegios, los hospitales, los monumentos...

Caminar por andenes destruidos físicamente y obstruidos por millares de ventas ambulantes, al amparo de muros sucios, es intimidante. Contra esta sensación no valen las cifras de baja criminalidad ofrecidas por las autoridades. Pasear por la Candelaria tiene más sabor a riesgo que a placer, a pesar de los tesoros culturales que contiene. Basta viajar un poco para saber la diferencia entre una ciudad bella y una ciudad inmunda.

La civilidad no se consigue con grandes discursos demagógicos ni con cátedras en los colegios. Se requiere una pedagogía más elaborada, más compleja, que toque las emociones profundas que nos dicen que hacemos parte de algo, que nos identifican con las cosas buenas, que nos ayudan a gozar de la belleza, que invitan a cuidar lo que es de todos, porque ha sido construido con los aportes de todos y no por la bondad inmensa de algún líder mesiánico. Se debe llegar al empresario, al estudiante, al conductor y al habitante de calle. Ese fue el gran aporte que hizo Antanas Mockus, quien en corto tiempo demostró que era posible, incluso, que la gente pagara impuestos voluntarios.

Esa estética pública que se expresa en el aseo, la transparencia y el respeto por el bien común comienza por el ejemplo de los gobernantes y de quienes los respaldan y acompañan. No son fiables para seguir gobernando quienes han llevado la ciudad al estado en que está, demostrando su incapacidad de convocar una vida ciudadana solidaria y decente. Pero quienes tienen propuestas diferentes de convivencia deben ser capaces de convencernos más allá de los narcisismos personalistas y de las prepotencias mesiánicas.



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