La propuesta del Presidente de EE.UU. de reducir la emisión de carbono en 32% hasta el 2030 es audaz
En materia medioambiental, cualquier decisión que se anuncie, por audaz e importante que sea, siempre será considerada insuficiente. Finalmente está en juego la supervivencia de la humanidad, y de la premura con que se actúe dependerá que los efectos del calentamiento global sobre el planeta no sean aún más devastadores.
Por lo mismo, el reciente compromiso del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de que las plantas eléctricas de su país reducirán sus emisiones de carbono en un 32 por ciento para el 2030, a partir de los niveles del 2005, no deja de ser un mensaje alentador que tiene un fuerte significado simbólico y político con miras a la Conferencia de París de fines de año, así en la práctica todavía sea mucho lo que Washington tiene por hacer. No por nada es el segundo emisor de CO2, después de China, y la cuarta parte de esas expulsiones a la atmósfera proviene de estas centrales. Y falta por definir qué se hará respecto a otras importantes fuentes energéticas que resultan altamente contaminantes.
En el anuncio, Obama tuvo a bien referirse a la reciente encíclica del papa Francisco, Laudato si’, en la que puso al nivel de “obligación moral” la lucha contra este flagelo global, con lo que suma potentes voces para que la reunión de París llegue a buen puerto y otros países, en particular algunas potencias emergentes, se animen a romper el dilema de desarrollarse a cambio de la destrucción del medioambiente.
El objetivo de la ONU es limitar el calentamiento del planeta a 2 grados centígrados por encima del nivel de la era preindustrial, y en esa idea los países del mundo negocian cuál será su aporte de reducción de dióxido de carbono. La propuesta de Obama contempla, además, el Plan de Energía Limpia, que no es otra cosa que la búsqueda y desarrollo de nuevas fuentes energéticas renovables.
En principio, lo que se debería firmar en París incluiría a todos los países, ya que en el acuerdo previo, el denominado Protocolo de Tokio, ni Washington ni Pekín se comprometieron. Pero este año las cosas parecen ser a otro precio. “Solamente tenemos un hogar, un planeta, no hay un plan B”, dijo Obama en el acto en el que declaró al cambio climático como “la mayor amenaza” para las futuras generaciones.
Una actitud resuelta, pero no la tendrá fácil. Algunos precandidatos republicanos, congresistas, sectores energéticos y en particular el lobby de la industria del carbón han puesto el grito en el cielo, pues, a su juicio, las regulaciones que propone harán más costosa la factura de la energía y destruirán miles de empleos. A lo que la administración respondió que la lucha del presidente Richard Nixon contra el esmog fue tachada en su tiempo de “locura”, porque iba a arruinar la industria automotriz. Al final, nada de eso pasó.
De hecho, el plan de Obama –así como otras iniciativas que ya tienen el sello de ‘históricas’– se hará a través de una ‘orden ejecutiva’, o por decreto, para ahorrarse el paso por un congreso hostil e inconsciente. Lo dijo claro el Presidente norteamericano: “Somos la primera generación en sentir el impacto del cambio climático. Somos la última generación que puede hacer algo al respecto”. El ideal es que esto no se quede en una frase de molde. Que los demás países asuman el desafío.






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